La sal de la tierra y la luz del mundo
(Mateo 5:13-16)
Siguiendo con que somos la sal de la tierra, con todo lo que ese concepto natural evoca en lo espiritual, el Señor nos dice que también somos la luz del mundo.
.Hablemos del mundo
Por un lado los cristianos somos la sal de la tierra, por otro lado, somos la luz del mundo.
¿Qué diferencia podría haber entre la tierra y el mundo? Quizás ninguna de hecho, pero la traducción al castellano del griego original de las palabras tierra (gés) y mundo (cosmos), es correcta.
La tierra (gés) implicaría no sólo las gentes que la pueblan, sino también lo que ocurre en ella, algo así como la suma de la actuación de los hombres sobre el planeta que habitan, así como a ellos mismos.
El mundo (cosmos), implica más bien las gentes que lo pueblan. Obviamente, en este caso el mundo son las gentes, ya que sólo las personas pueden ser salvadas.
Así que el mundo es más definición de las gentes en este caso, por lo tanto, el ser luz del mundo, es mucho más sublime y directo hacia los hombres.
“Ser la luz es otra buena utilidad del verdadero discípulo de Cristo, y aún más gloriosa que la de la sal”
“Los cristianos debemos irradiar la luz, que es Cristo, a las gentes”
Ahora bien, el mundo (o las gentes que lo pueblan, bajo la influencia del maligno – 1 Jn. 5: 19) es un lugar inhóspito para el verdadero discípulo:
(Juan 15: 18, 19) “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.”
El ser la luz de este mundo no es agradable, ni para el mundo que detesta la luz, ni para el que es luz porque es detestado por aquél.
(Hablar de tia Delmy y del matrimonio de Neto)
(LA SAL)
Mateo 5: 13) “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”
Como cristianos, la Biblia compara nuestra vida y testimonio con la sal y su acción. Nuestra palabra, deberá siempre ir acompañada de nuestro buen testimonio; de otra manera, nuestra palabra será poco más que un “címbalo que retiñe”.
La sal es tanto un preservador como un sazonador. Es decir, la sal preserva los alimentos – evita deterioro – y también resalta el sabor de los mismos
(LA LUZ)
Cristo marco un precendente:
(Juan 1: 9-11) “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”
Así pues, el mundo no será enteramente salvo, sino sólo aquellos que del mundo han recibido al Señor, a los que creen en su nombre, a los cuales les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1: 12).
1. ¿Por qué somos la luz del mundo?
“Vosotros sois la luz del mundo…”:
Jesús dijo que sus discípulos son la luz de este mundo, porque primeramente Él lo es:
(Juan 8: 12) “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”
Jesucristo es la verdadera luz, es “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, y que vino a este mundo.” (Juan 1: 9)
Jesucristo no es portador de luz como un día lo fue Lucifer, sino que Él es la luz porque es Dios, y “Dios es luz, y ningunas tinieblas hay en Él” (1 Juan 1: 5)
Jesucristo fue la luz de este mundo mientras anduvo en él:
(Juan 9: 5) “Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo”
El fue ascendido a los cielos, y nos comisionó a ser luz porque Él es la luz:
ASÍ PUES, SOMOS LA LUZ DEL MUNDO, PORQUE PRIMERAMENTE CRISTO ES LA LUZ, LO ES EN NOSOTROS, Y TAMBIÉN LO ES DE ESTE MUNDO.
(LA SAL)
1.Por que somos la sal de la tierra?
“Vosotros sois la sal de la tierra…”:
La Ley ordenaba poner sal en todas las ofrendas:
(Levítico 2: 13) “Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal.”
(Ezequiel 43: 23, 24) “Cuando acabes de expiar, ofrecerás un becerro de la vacada sin defecto, y un carnero sin tacha de la manada; y los ofrecerás delante de Jehová, y los sacerdotes echarán sal sobre ellos, y los ofrecerán en holocausto a Jehová.”
Todas las ofrendas del Levítico, todas debían ser presentadas con sal, que era señal del pacto con Dios. Asi nosotros que somos ofrenda para Cristo debemos de ser sal también. Una ofrenda a Dios es algo que deberá ser puro, y por tanto, preservado, así como en lo natural es preservado por la sal. Abundando en ese tipo, nosotros los cristianos somos los que debemos preservar en lo posible la tierra en la que estamos. Nos toca obrar como lo hace la sal.
La sal, que proporciona sabor a los alimentos, es el símbolo de los hijos de Dios, cuya vida y testimonio deben ser llenos de sabor
Jesucristo estaba llamando a sus verdaderos discípulos de entonces, y por extensión a todos los de ahora: “Sal de la tierra”. Por lo tanto debemos en un principio ser sal para nosotros mismos, y así lo seremos hacia los demás.
Leamos en Marcos 9: 50:
“Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros.”
Es evidente que todo parte, antes de un “hacer”, de un “ser”. Debemos ser sal, y esto implica un carácter suficientemente santificado. Notemos que el sentido de ser santificados, es el de ser apartados del pecado y vivir para Dios; así como la sal preserva los alimentos de la corrupción, si en el sentido espiritual somos sal, seremos preservados de la corrupción del pecado. En eso también debemos ser sal.
(LA LUZ)
2. La Luz y los discípulos
(1 Juan 1: 5) “Dios es luz y ningunas tinieblas hay en Él:
Cuando el Señor nos habla de la luz en estos pasajes, y nos dice que somos luz, nos está hablando básicamente en un sentido moral.
Primeramente la Biblia nos dice que Dios es luz: “Dios es luz, y ningunas tinieblas hay en Él” (1 Juan 1: 5)
La luz de Dios es Su Palabra por la que Él se revela, y que actúa como lámpara para mostrar el camino.
La Palabra de Dios es luz: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” (Salmo 119: 105)
Nosotros como discípulos de Cristo – que es la Luz – hemos sido comisionados para mostrar el camino del Señor a los que nos quieran escuchar. Esta es la palabra del Evangelio. Somos portadores de la luz, ya que somos portadores de la Palabra de Cristo que es la luz. (Mt. 5: 14)
Somos comisionados a dar buen testimonio de lo que somos: “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad)” (Efesios 5: 8, 9)
La luz de Dios es la manifestación del mismo Dios, y Él lo hace por su Espíritu a través de cada uno de los verdaderos discípulos. Por eso somos la luz de este mundo: “Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.” (1 Tesalonicenses 5: 5)
La luz, como verdad de Dios, actúa poniendo en evidencia las tinieblas, es decir, la obra del maligno, del mundo y de la carne: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1: 5). Nosotros debemos ser luz en este sentido también.
La luz vence a las tinieblas siempre: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1: 5). Nosotros, como luz de Cristo, somos más que vencedores por medio de Aquél que nos amó (Ro. 8: 37)
Así como la luz natural del sol da vida y vigor al cuerpo humano; la luz de Dios da gozo y fortaleza al alma y al espíritu. La luz de Dios es Su misma presencia y el efecto de la misma. Si Cristo lo es en nosotros, entonces actuaremos como la luz que este mundo necesita, aunque no lo sepa.
Nosotros somos como una ciudad asentada sobre un monte. Todo el mundo nos ve. Desde el momento en que se enteran de que somos cristianos, todos nos observan.
Además, el Señor nos está diciendo aquí que al ser luz en Él, no podemos esconder de los demás lo que somos. Es como si fuéramos antorchas vivientes que allí donde estamos o donde vamos, desprendemos luz.
Ese es el motivo por el que somos luz en el Señor, para ser vistos de todos
Eso nos lleva a volver a hablar de La Sal y ver algunas características y su aplicación espiritual:
(LA SAL)
Lo que hace la sal:
En lo natural, la sal preserva (aparta de la corrupción). Por lo tanto en lo espiritual, si somos sal significará que viviremos vidas apartadas del mal, es decir, santificadas.
En lo natural, la sal detiene el avance de la destrucción de la putrefacción. Por lo tanto, en lo espiritual, si somos sal, significará que en relación a los que nos rodean, nuestra influencia ayudará a la detención del progreso de lo inmoral o pecaminoso.
(Colosenses 4: 5, 6) “Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”
En lo natural, la sal produce sed al que la toma. Por lo tanto en lo espiritual, si somos sal significará que produciremos sed de las cosas de Dios en muchos; o al menos una reacción a favor o en contra de las mismas
Lo que no hace la sal:
Lo que no hace la sal es revertir el proceso de degeneración de las carnes. Una vez la carne se ha descompuesto o podrido, la sal no puede hacer nada. En ese sentido, sólo es el Espíritu Santo el que realmente puede revertir ese proceso destructivo, a través de convertir al individuo a Cristo. Nosotros los creyentes no podemos hacer eso, por tanto. La salvación es del Señor.
(LA LUZ)
3. Nuestra luz hace que se fijen en nuestras obras
(Mateo 5: 16) “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
Esa luz nuestra es Cristo en nosotros, y es el resultado de Cristo en nosotros, el fruto del Espíritu Santo. También son las palabras del Evangelio que compartimos. Eso hace que las gentes se fijen en lo que hacemos. Los hombres han de ver “nuestras buenas obras”. La traducción mejor de “buenas obras”, es nuestras “hermosas obras, u obras de buena calidad” (en gr. kalá erga).
Hemos de alumbrar de tal modo que vean nuestras obras bien hechas, y de esa manera, las gentes reconozcan que hay un Dios, y esa es la gloria del Señor (ya que sólo Él es Dios).
Por lo tanto, una vez esparcida la palabra del Evangelio, deberán verse esas obras de calidad que confirmen esa palabra.
Dicho de otro modo, nuestras palabras deberán preceder a nuestras obras. Si nuestra palabra es buena pero nuestra obra es mala (mal testimonio), vana es nuestra luz
Leemos en 1 Pedro:
(1 Pedro 2: 12) “manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.”
Este es nuestro reto.
Como luz, significa que nuestras obras son conocidas por la sociedad. Cristo dijo que sus discípulos serían reconocidos por sus “buenas obras”, esto es claro que es una expresión que generaliza todas y cualquier manifestación externa y visible de la fe cristiana.
Amemos al Señor, y entonces amaremos a los que el Señor ama! Al amar a los perdidos, seremos útiles para el Señor. Entonces seremos verdadera sal.
Los discípulos de Cristo no se han de ocultar en la oscuridad.Por medio de su buen vivir, como Juan el Bautista, deben ser lámparas que arden y alumbran (ver Juan. 5: 35). Nótese bien el orden de los verbos; no pueden alumbrar si antes no arden
Recordemos que hemos sido llamados por Dios para ser instrumentos en sus manos, presentando nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que debe ser nuestra manera de vivir, por lo tanto no nos hemos de conformar a este tiempo ni a este mundo, sino más bien, afectar a este mundo a través de ser como la sal, mientras permanezcamos en él.

